Cuando Washington voltea la mirada

Viernes, Noviembre 3, 2017

Cuando Washington voltea la mirada

Nikki Haley, embajadora de los Estados Unidos en la Organización de las Naciones Unidas, tuvo recientemente la que clasifica entre sus intervenciones públicas más infelices y disparatadas.

Lo hizo precisamente el primer día del mes en curso, al someterse a votación el proyecto de resolución titulado “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por los Estados Unidos de América contra Cuba”, en el contexto del Período 72 de Sesiones de la Asamblea General de la ONU.

En medio del marcado aislamiento que volvió a vivir la representación estadounidense en esa sala y del abrumador apoyo a Cuba en la votación, la diplomática norteamericana sobresalió por la sarta de falacias que esgrimió, en su desesperado intento por justificar la aberración jurídica y moral que constituye el cerco genocida que su administración impone a la Isla desde hace casi 60 años.

Ante 191 representaciones diplomáticas que desoyeron su verborrea justificativa, la embajadora de EE.UU. se atrevió a decir: “Mientras seamos miembros de las Naciones Unidas, defenderemos el respeto de los derechos humanos y las libertades fundamentales que los Estados miembros de este órgano se han comprometido a proteger, incluso si tenemos que hacerlo nosotros solos”.

Obviamente, lo primero que salta a la vista es que a la principal potencia económica y militar del mundo le falta mirar a su propia casa, pues exhibe un historial muy sucio en materia de respeto a los derechos humanos, dentro y fuera del país, lo que la invalida como juez universal en esta materia.

Ni qué decir de su socio de tropelías en el Oriente Medio, Israel, que comete constantes atrocidades contra la población palestina, sin que Washington le haga el más mínimo reproche; al contrario, le suministra todo el armamento moderno que Tel Aviv emplea para pisotear los derechos más elementales de sus víctimas y mantener una beligerancia sin par en el área.

Ha sido Estados Unidos, miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, el que ha bloqueado durante décadas las resoluciones que sancionan a Israel por sus actos violatorios de la legalidad, como parte de una historia que cumple ya medio siglo de ocupación ilegal e impunidad; uso desproporcionado de la violencia, traslado forzoso de personas, confiscación de tierras, destrucción de hogares y castigos colectivos.

Washington calla ante cada atropello de su aliado en el Oriente Medio, algunos de los cuales repasaremos a continuación, a modo de recordatorio.

Desde que Israel se fundó como Estado el 14 de mayo de 1948, ha usurpado cada vez más terrenos, con decenas de asentamientos, además de realizar agresiones militares que han dejado más de 52 mil muertos y miles de heridos, con los mayores perjuicios para Palestina.

El 23 diciembre de 2016, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la resolución 2334, con 14 votos a favor. La Declaración reafirma la ilegalidad de los asentamientos israelíes en los territorios palestinos ocupados, incluida Jerusalén Oriental, y considera que los asentamientos constituyen una flagrante violación de las leyes internacionales.

¿Qué hizo EE.UU. en esa votación? Pues, se abstuvo, postura que se traduce en otro respaldo tácito a su “socio”, a pesar de que este muestre total desprecio por los derechos humanos de poblaciones enteras, incluidos niños y mujeres.

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia ha denunciado en varias oportunidades la elevada cifra de menores palestinos asesinados por fuerzas militares de Israel.

Medios de prensa han reflejado que, desde el año 2000, más de mil 400 niños palestinos han perdido la vida bajo las balas de ese Estado agresor.

Nada de esto conmueve a EE.UU.; es como si no ocurriera. De hecho, los monopolios de la comunicación, concentrados en Occidente, omiten el tema o lo tratan de forma parcializada.

Solo algún que otro medio alternativo denuncia que la ocupación israelí de territorios palestinos mantiene en aislamiento a un pueblo entero, en campos de refugiados y ciudades bloqueadas. Se dice que gran parte de los caminos y vías de acceso allí son israelíes, por lo que los palestinos no tienen permiso para transitarlos. Salir de un poblado hacia un hospital exige atravesar puntos de control y alcabalas con detectores de metales, cercas, muros y revisiones constantes; el suministro de agua es sometido a racionamiento.

En medio de ese apartheid judío, el Estado sionista bloquea incluso la ayuda internacional de alimentos, medicamentos y materiales de construcción.

Añádase que, en el afán expansionista de Tel Aviv, 600 mil israelíes viven en unos 120 asentamientos ilegales construidos desde la ocupación de los territorios palestinos en 1967 en Cisjordania, incluido Jerusalén.

Y para quien tenga dudas de la posición de Washington frente a tanto atropello de los derechos humanos, baste indicar que a mediados de septiembre de 2016, Estados Unidos aprobó la mayor ayuda militar en la historia de Israel: 38 mil millones de dólares en 10 años, a partir de 2018.

El Pentágono prevé la entrega de tres mil 800 millones por año, monto comparable al presupuesto de defensa de Portugal.

El nuevo acuerdo supera en 26 por ciento el aporte norteamericano a su “socio”, desde 2007, como parte de un proyecto que convertirá a Israel en el primer aliado estadounidense en recibir los cazabombarderos F35 de quinta generación.

Por todo esto y mucho más es que, ante el plenario de la Asamblea General de la ONU, sonaron huecas las palabras de Nikki Haley, a quien el canciller cubano, Bruno Rodríguez, calificó de “eco” y “caja de resonancia” del Presidente Donald Trump.

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