Vivir en la línea

Lunes, Mayo 16, 2016

industria-avícola-EEUU .jpgEl título de este artículo pudiera sugerir al lector un slogan para incentivar la práctica del ejercicio físico y mantener cuerpo y mente saludables; pero no, en este caso vivir en la línea es una de las historias más insólitas sobre vejámenes a la dignidad humana.

Me resisto a creer que en pleno siglo XXI, pletórico de adelantos científicos y tecnológicos, cuando tanto se habla y se hace en aras de garantizar los derechos humanos y laborales, haya decenas de miles de trabajadores que se vean obligados a utilizar pañales desechables para poder realizar -de pie y en el propio puesto de trabajo- sus necesidades fisiológicas más elementales, ante la imposibilidad de abandonar la línea de producción, so pena de resultar despedidos por los dueños, sin miramiento alguno.

Este es el día a día de miles de empleados en las plantas de aves de corral de Tyson Foods, Pilgrim’s, Perdue y Sanderson Farms, las principales compañías procesadoras de pollo en los Estados Unidos, controladoras del 60 por ciento del mercado nacional de la que constituye la carne más popular en ese país.

Un informe de la Organización No Gubernamental Oxfam, basado en decenas de entrevistas con trabajadores del ramo avícola norteamericano, realizadas en los últimos tres años, da a conocer las condiciones laborales en el sector, algunas de las cuales suponen, incluso, una amenaza para la vida.

“Orinan y defecan mientras están de pie en la línea de producción (…), restringen peligrosamente la ingesta de líquidos, tienen que soportar dolor y malestar. Y no es solo su dignidad la que sufre, sino que también corren el riesgo de padecer problemas de salud graves”, denuncia el documento, recientemente reseñado por la agencia de noticias Rusia Today.

La situación afecta con especial crudeza a las mujeres, quienes se enfrentan a realidades biológicas, como la menstruación, el embarazo y mayor propensión a las infecciones.

Se trata de amplias masas de laborantes desprotegidas jurídicamente, pues en su mayoría son inmigrantes, refugiados, minorías, presidiarios y otros grupos económicamente desesperados, vulnerabilidad de la cual se aprovechan los ejecutivos para crear un clima de miedo que impida las denuncias, explica Earl Dotter, de Oxfam América.

Debido a las constantes barreras idiomáticas, estos trabajadores se enfrentan a muchos desafíos en el aprendizaje, la comunicación entre ellos mismos y la comprensión de sus derechos, de ahí que soportan tratos inhumanos, atropellos y bajos salarios, en contraste con el auge de la industria a la que pertenecen, la creciente demanda de los consumidores y el rápido aumento de las ganancias de los dueños.

“Me quedé petrificado cuando los trabajadores avícolas en Arkansas me dijeron que la gente usa regularmente los pañales para trabajar en las plantas”, confiesa Minor Sinclair, director del Programa de Estados Unidos de Oxfam América.

línea-producción-avícola-EEUUEllos sienten que tienen que aguantar esto para preservar sus puestos de trabajo. Los supervisores se empeñan en mantener la línea, que corre a una velocidad vertiginosa (de 35 a 45 pollos por minuto), mientras las compañías se hacen de la vista gorda, ya que están acumulando ganancias récord, de las cuales los laborantes apenas reciben anualmente el dos por ciento, subraya el informe de la ONG.

Los resbalones, tropezones y caídas son frecuentes entre los trabajadores, que a menudo usan botas de goma pesadas y les resulta difícil dar un paso dentro y fuera de las plataformas, en condiciones húmedas y grasientas.

A ello se añade que, debido a los productos químicos, el polvo y los residuos animales, son comunes el asma y otros problemas respiratorios.

El aislamiento y bajo apoyo social, la supervisión abusiva, las malas condiciones de vida y de compensación, los ambientes peligrosos y la inseguridad laboral determinan que los trabajadores de estas áreas sean repetidamente víctimas de depresión y ansiedad.

En las líneas de producción, las personas están hombro con hombro, blandiendo durante horas herramientas cortantes, con solo minutos de descanso, rodeadas de productos químicos abrasivos, soportando temperaturas cercanas al punto de congelación, suelos resbaladizos con grasa de pollo y demandas constantes de los supervisores para acelerar la faena, en lo que parece un remake del filme Tiempos modernos, del genial Charles Chaplin.

Según estudios, el 86 por ciento de esos empleados sufre malestares debido a la repetición de los mismos movimientos 20 mil veces en cada turno. De tanto cortar, tirar con fuerza, deshuesar, pelar, colgar, recubrir, freir, congelar y envasar, son presas de disímiles afecciones, como dolor en las manos, hinchazón, entumecimiento, pérdida de adherencia; el síndrome del túnel carpiano y la tendinitis; mano engarrotada; quistes ganglionares o dedo del gatillo, trastornos que tienden a ser crónicos e incapacitantes.

Hay disímiles casos tristes, como el de Karina Zorita, quien, después de menos de un año de labor, no pudo utilizar sus manos para un abrazo, enderezar los dedos o agarrar una cuchara.

Karina-Zorita. Foto: The Charlotte Observer.

En EE.UU. la industria de la carne y aves de corral tiene la mayor tasa de lesiones y enfermedades. Karina Zorita narró sus vivencias.

Otros cuentan historias no menos conmovedoras, relacionadas con la pérdida de dedos enteros o sus falanges, el apuñalamiento accidental a sí mismos en la mano, el brazo o la pierna, pues muchas veces resultan insuficientes los medios de protección, que -dicho sea de paso- a veces están obligados a comprar.

La tasa de amputaciones en este ámbito es tres veces superior a la del resto de las esferas, incluso rebasa a la de ocupaciones de alto riesgo, como la minería.

El propio Departamento de Trabajo de Estados Unidos clasifica oficialmente a esta como una industria peligrosa, y se ha calculado que los trabajadores avícolas se lesionan cinco veces más que el resto.

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Guillermo Santiago perdió la punta de varios de sus dedos, cuando lavaba una máquina de moler en una planta en Carolina del Norte.

La Oficina de Responsabilidad del Gobierno norteamericano admite que este ramo exhibe uno de los índices más altos de lesiones y enfermedades, en relación con cualquier otra industria en ese país.

Sin embargo, no basta con admisiones; se necesitan acciones concretas que cambien radicalmente esa situación, algo difícil de concretar en un ámbito huérfano de empuje sindical y caracterizado por contratos en los cuales son grandes ausentes las vacaciones (retribuidas o no) y las licencias por enfermedad o maternidad.

Durante los últimos 30 años, el valor real de los salarios de los trabajadores de aves de corral ha disminuido casi en 40 por ciento, período en el cual las ganancias empresariales han aumentado constantemente, al punto de que los ejecutivos disfrutan de grandes saltos en su paga.

Un ejemplo basta para ilustrar el contraste: el presidente de la Tyson Foods (mayor productora de aves de corral en EE.UU.) ganó 12,2 millones de dólares en 2014, 550 veces lo percibido por un trabajador promedio de la entidad. Dicho de otro modo: en tres horas y media se embolsilló el salario anual de un empleado de los que “viven” en la línea.

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