Finlay, la ética de un pueblo

Miércoles, Agosto 19, 2015

Carlos Juan Finlay, científico cubano descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla.Las batallas de Cuba por la salud, dentro y fuera del país caribeño, tienen permanente fuente de inspiración en el inagotable historial del sabio cubano Carlos Juan Finlay, de quien se acaban de cumplir 100 años de su desaparición física.

La proverbial combinación de ética y profesionalidad, que caracteriza al servicio médico de la Isla mayor de las Antillas, debe mucho a aquel benefactor de la humanidad, incluido entre los seis microbiólogos más grandes de la historia, por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Millones de vidas han salvado en el orbe los profesionales y técnicos cubanos de la salud, no solo en recientes combates contra el Ébola en África Occidental o contra el cólera en Haití, sino en disímiles misiones en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y muchos países, fundamentalmente del llamado Tercer Mundo.

En todas esas epopeyas humanitarias ha estado presente el ejemplo de Finlay, en cuyo nombre la propia UNESCO instituyó el premio homónimo, para estimular las investigaciones en Microbiología, incluidas las de las ramas de inmunología, biología molecular y genética, además de sus aplicaciones.

El genio de Finlay

Casa natal de Carlos Juan Finlay, en la provincia de Camagüey

Casa natal de Carlos Juan Finlay, en Camagüey. Foto: AIN.

Carlos J. Finlay comenzó la práctica de la medicina en 1857 y la ejerció durante el resto de su vida. Se adelantó al desarrollo científico de su tiempo, al dejar claro en 1881 la teoría metaxénica del contagio de las enfermedades; demostró de manera irrebatible que la picada del mosquito Aedes aegypti hembra transmitía la fiebre amarilla y elaboró un plan antivectorial, como única vía de solución para erradicar el también llamado vómito negro, que cobró en su tiempo millones de vidas.

Con su revolucionaria teoría, explicó científicamente la forma de transmitirse las enfermedades infecciosas, además del modo de erradicarlas, lo que constituyó su principal aporte al conocimiento mundial.

El sabio cubano enunció un nuevo modo de contagio, que ocurría por un agente biológico intermedio que propagaba el padecimiento de una persona enferma a otra sana, postulado que inicialmente tuvo fría acogida en la comunidad científica de la Isla, al romper con las concepciones epidemiológicas de su época, en torno a que las patologías se diseminaban por el contacto directo entre los humanos o la influencia de un factor medioambiental.

Luego de comprobar su teoría del vector biológico en la transmisión de enfermedades infecciosas, Finlay ofreció al mundo la posibilidad de combatir con la mayor eficacia posible dolencias como paludismo, dengue, filarias, leishmanias, tripanosomiasis y otras que azotaban a la humanidad, debido al poco conocimiento existente en torno al modo de contagio.

Debemos recordar que el plan de medidas antivectoriales propuesto por él resultó decisivo para la construcción del Canal de Panamá, ya que permitió librar de la fiebre amarilla a los miles de hombres que intervenían en tal empresa, en varias oportunidades azotados por el flagelo.

Además de lo relacionado con la fiebre amarilla, Finlay hizo aportes al conocimiento del tétanos, la lepra, la filariasis, el paludismo, la trichinosis, el cólera, la fiebre tifoidea, la septicemia, la osteomielitis, la teniasis y la tuberculosis, enfermedades que tenían los pacientes que atendía en su consultorio o durante visitas a hospitales y sanatorios, subrayó uno de sus biógrafos, el doctor José López Sánchez (1911-2004), quien fue durante muchos años historiador de la medicina cubana.

Los estudiosos de la vida y obra de Finlay, coinciden en señalar que también se ocupó de temas más generales relacionados con esas dolencias, como la transmisión hídrica de algunas enfermedades y el estado sanitario de La Habana. Hizo aportes en el campo de las enfermedades no infecciosas, especialmente en oftalmología, especialidad que ejerció durante un tiempo, bajo la guía de su padre.

La referida integración de su trabajo médico y científico le permitió desarrollar una concepción holística del proceso salud-enfermedad. Tal como escribió en una ocasión, el objetivo de la ciencia médica es “dar salud al enfermo y conservarla al hombre sano”.

Hizo publicaciones sobre la alcalinidad del medio en La Habana, sobre los peligros de las zanjas descubiertas y fue un precursor del movimiento ambientalista para preservar los ecosistemas a través de medidas de higiene social.

Su concepción clínica e inmunológica estaba acompañada de un sólido pensamiento epidemiológico, tal como demostró durante el brote de cólera que asoló a La Habana (1865-1873).

Finlay intentó publicar en 1865 sus observaciones y recomendaciones en forma de carta al Diario de la Marina y utilizar la prensa como vehículo de sus campañas sanitarias, como años atrás había hecho Tomás Romay, con la vacunación. Era partidario de la exposición pública, sin prejuicios, de los problemas ambientales que estaban en la base de muchas de las enfermedades que azotaban al país.

Sabedor de la importancia capital de los resultados de las investigaciones en el terreno de la medicina, fue abanderado del rigor científico, como parte de la ética profesional. Insistió en la necesidad de utilizar métodos objetivos, distantes de todo voluntarismo o subjetividad.

En el ámbito de la ciencia cubana del siglo XIX, resalta el carácter experimental del descubrimiento realizado por Finlay, que lo ubica en posición ventajosa en el contexto de las teorías biomédicas de su tiempo.

No obstante sus numerosos aportes, en Finlay no dominaba la ambición de la gloria, sino el sagrado postulado de trabajar en provecho del enfermo; para él lo único y verdaderamente justo como meta en el progreso científico era conquistar y vencer la enfermedad para librar a la Humanidad del terrible mal que representan las epidemias.

En 1902, resultó nombrado jefe superior de Sanidad en Cuba, cargo desde el cual enfrentó la última epidemia de fiebre amarilla (en 1905) registrada en La Habana, eliminada en tres meses.

La ética hecha hombre, hecha científico

Finlay, la ética de un pueblo.La ética, vital en toda obra humana, es una de las características más relevantes -y de las menos estudiadas- en la obra de Finlay. No fue un científico aislado en la nube de profundos descubrimientos, ni indiferente a las circunstancias y compromisos sociales y humanos de su tiempo. Toda su vasta obra, su palabra y acción estuvieron dedicadas a la defensa del más humano de los derechos: el derecho a la salud, a la vida.

En la actualidad, cuando la globalización neoliberal se torna más cruel y salvaje; y el hegemonismo de potencias occidentales impone al mundo su ética y valores farisaicos, es imperioso acudir a la obra de este precursor de las ciencias en Cuba, quien hizo de la ética un baluarte cotidiano en el batallar por el bienestar del hombre.

Volver sobre sus pasos no sólo deviene nueva oportunidad para admirar su genio y tenacidad, sino el ejercicio obligado que asombra por la contemporaneidad de sus conflictos y sus soluciones, la renovada vigencia de sus enseñanzas y ejemplo ético.

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