Al volante, rumbo a la libertad

Viernes, Julio 24, 2015

Moncada, victoria de las ideasLa decisiva participación de los automóviles en la preparación y desarrollo del asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, es una interesante arista analizada por estudiantes de Ingeniería Mecánica, del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, de La Habana.

Los autores se nombran Fabián Guerrero, Danilé Fusté y Adiannis de la Caridad Vega, quienes presentaron su investigación en un foro de la casa de altos estudios, en el cual obtuvo la categoría de Destacada.

Entre los antecedentes, los autores recuerdan que durante la primera mitad del siglo XX entraron a Cuba diversas marcas de autos: Renault, Mercedes, White, Locomobile, Cadillac y Ford modelo T. Otras fábricas también acapararon el floreciente mercado automovilístico cubano: Chevrolet, Pontiac, Plymouth, Dodge, Oldsmobile y Buick, que hicieron época en Cuba, sobre todo, en la segunda mitad de la República neocolonial y perduraron en la memoria popular por su vínculo con importantes acontecimientos de la sociedad cubana durante la primera mitad de la década de los años 50, a la cual arriba el país sin haber resuelto su problema fundamental, la independencia nacional, y con un panorama político, económico y social preocupante, signado por el hambre, la miseria, el desempleo y la corrupción.

El cuadro social era aterrador: 200 mil familias campesinas sin un pedazo de tierra para sembrar, más de la mitad de las mejores tierras productivas estaban en manos extranjeras (fundamentalmente estadounidenses), 400 mil familias hacinadas en barracones, cuarterías y solares, sin las más elementales condiciones de higiene y salud; casi 300 mil personas sin luz eléctrica, más de un millón de analfabetos, 600 mil niños sin escuelas, 10 mil maestros sin trabajo, una mortalidad infantil superior a 60 fallecidos por cada mil nacidos vivos, esperanza de vida inferior a 55 años de edad, un solo médico por cada mil habitantes y ninguno en el campo, acceso a los hospitales del Estado para los pobres, previa recomendación de algún magnate o político, a cambio de los votos electorales del enfermo y su familia.

Con cinco millones y medio de habitantes, Cuba tenía en 1950 más desocupados que Francia e Italia, cuya población superaba los 40 millones cada una. Año tras año la situación se agravaba.

En medio de una fuerte propaganda anticomunista, el descrédito de los partidos políticos burgueses, la agudización del debate sobre los problemas del país, el reconocimiento de la necesidad de cambios y la gran potencialidad revolucionaria de los seguidores de Eduardo Chibás, se produce el 10 de marzo de 1952 un hecho artero que truncó las esperanzas de que el Partido Ortodoxo ganara las elecciones de ese año: el golpe de Estado del sargento Fulgencio Batista, quien inauguró una era de represión sangrienta, derogó la Constitución de 1940 y profundizó la crisis política, sin que hubiera una inmediata resistencia organizada, a pesar de existir un fuerte sentimiento antibatistiano entre los cubanos.

El Moncada: la grandeza de una generación

Parecía como si la sociedad estuviera inmóvil, resignada a su suerte. Fue entonces cuando los jóvenes Fidel Castro y Abel Santamaría alzaron sus voces, en medio de aquel letargo.

Fidel ideó una acción, cuyo plan concebía reclutar jóvenes de las clases y sectores humildes de la población, prepararlos militarmente; obtener armas y medios de transporte, sin recurrir a personas acaudaladas ni políticos corrompidos, sino con el sacrificio personal de los combatientes; tomar un cuartel; llamar a la huelga general y elevar la lucha a plano nacional. De fallar esas acciones iniciales, desarrollar una guerra irregular en las montañas. Por eso el objetivo militar debía estar en Oriente, asiento del mayor sistema montañoso de Cuba: la Sierra Maestra.

Pese a la carencia de recursos y desconocimiento militar, aquellos jóvenes realizaron una de las acciones más audaces que atesora la historia de Cuba: el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes.

Para asegurar la acción, Fidel y Ernesto Tizol buscaron un lugar que sirviera como cuartel general para armas, municiones y combatientes. En el kilómetro 13 de la carretera de Siboney, a dos kilómetros de las primeras estribaciones de la Sierra Maestra, divisaron una casita blanca, de mampostería, con una cerca de madera pintada de blanco y la punta de las estacas en rojo. Era Villa Blanca, la finca de recreo del comerciante José Vázquez Rojas.

Pontiac de 1949, uno de los modelos participantes en las acciones del 26 de JulioEn el traslado de los combatientes a Santiago de Cuba, se usaron tres medios de transporte: ómnibus, ferrocarril y automóvil -este último decisivo en el ataque-, con el fin de mantener en secreto esa operación de trasiego y no ser detectados por los órganos de la seguridad de la dictadura.

De La Habana partieron 78 revolucionarios, distribuidos en 14 autos; otros 31 viajaron en ómnibus y 16 por vía férrea. El tren central partió desde La Habana hacia Santiago de Cuba el viernes 24 de julio de 1953. José Luis Tasende era el responsable del contingente que utilizó ese medio.

José M. Leiva Mestre refiere que completaban los 15 autos y 80 asaltantes los dos combatientes que partieron desde Colón, en Matanzas. Con tres combatientes (del grupo de ocho, de la célula de Lawton), cuyo medio no se ha podido determinar, sumaron 130 los revolucionarios que viajaron a Santiago de Cuba. Del total, tres pasajeros de auto desistieron en el trayecto y uno del tren. Por tanto, a Santiago llegaron 126 hombres, de los cuales 124 fueron a Siboney, porque Julio Trigo sufrió una hemotipsis y tuvo que volver a su pueblo, y Emilio Albentosa visitó su familia y no estuvo en el momento de partir a la granjita, donde ya esperaban cinco moncadistas en el acondicionamiento del lugar: Abel, Renato Guitart, Haydée Santamaría, Melba Hernández y Elpidio Sosa. En total se reunieron 129 combatientes en la Granjita Siboney.

El grueso de los intrépidos jóvenes viajó en automóviles, en algunos casos propiedad de los participantes y en otros arrendados a sus dueños o a las diferentes agencias que existían en la capital.

Caravana de autos, rumbo a la libertad

Auto en que viajó hacia Oriente Abel SantamaríaLos choferes funcionaban como jefes para los acompañantes, llevaban el dinero para los gastos en la travesía y eran los únicos que conocían el lugar hacia el que viajaban y la dirección exacta a donde debían dirigirse una vez que llegaran a Santiago.

Cuando Fidel entra en Santiago de Cuba y baja con sus compañeros de viaje a tomar café en la Plaza de Marte, las congas, charangas y el bullicio de bebedores y bailadores muestran que está en apogeo el carnaval santiaguero. Tras la breve escala, Fidel marcha a la granjita, donde se encuentra con Abel, quien le informa sobre los últimos preparativos.

Como estaba previsto, los tripulantes de los carros guiados por Tizol y Marrero llegaron directamente a la granjita. A la ciudad de Santiago de Cuba arribaron los pasajeros de los vehículos de Oscar Alcalde, Fernando Chenard Piña y Quintela, por ese orden, que se alojaron en la vivienda Celda 8; mientras que el grupo integrado por Florentino, Pedro Trigo, Julio Fernández y Juan Villegas fueron los últimos en llegar a la casona de una planta, porque lo hicieron a pie, después que dejaron el carro roto en un garaje que hallaron abierto.

Los combatientes que iban en los carros de Mario Darmau, Ángel Díaz y Héctor de Armas fueron a la casa de huéspedes La Mejor. En el hotel Rex se hospedaron Boris Luis Santa Coloma y Montané, con sus respectivos pasajeros, además de los artemiseños José Ponce, Roberto Galán, Rosendo Menéndez y Ramón Callao, estos dos últimos llegaron en ómnibus. El resto de los viajeros, bajo el cuidado de Pedro Miret y Léster Rodríguez, fueron a la casa de la calle I No. 204, detrás del estadio Maceo, y los que lo hicieron por tren fueron al hotel Perla de Cuba, frente a la Terminal de Ferrocarriles.

Para la granjita se fueron trasladando todos los grupos desde los distintos lugares de alojamiento. Guiados por Renato en su auto y en los de Alcalde, Quintela y Chenard, los de Celda 8 fueron los primeros en salir. Alcalde, con su carro, se unió a Renato y Abel. De esta forma, comenzaron a ser recogidos desde las 10 de la noche, cuando el carnaval ganaba en bullicio, para ser concentrados en la granjita.

Faltaban por llegar Mario Muñoz -quien esperaba en el entronque de la Carretera Central, en la entrada para el Cobre- y Gildo -que ya Tizol había advertido sobre la rotura del carro, antes de llegar a Holguín. Fidel, Chenard y Marrero expresaron su inquietud porque no sabían si podría llegar a tiempo. En ese auto iban los discos para llamar al levantamiento al pueblo, por radio, en una programación especial. Fidel dio la orden de preparar todo el armamento y partió con Abel en el auto de este para la Plaza de Marte, con el fin de coordinar esa trasmisión.

El grupo se acomodó en tres carros y regresó a la granjita. Allí, durante la madrugada, se repartieron las armas y uniformes y Fidel explicó en detalles cómo se desarrollaría el plan. Para el ataque al “Moncada”, el contingente se subdividiría en tres grupos. Fidel había decidido tomar el mando directo del más importante y de mayor riesgo, el que penetraría en el campamento fortificado. Léster, a la cabeza de una escuadra, se posesionaría del Palacio de Justicia. Abel, con 20 hombres, más el médico Mario Muñoz y Haydée y Melba, debían ocupar el hospital Saturnino Lora. Desde lo alto del Palacio de Justicia se dominaban las azoteas del “Moncada”, y desde el “Saturnino Lora”, la parte posterior del cuartel. Fue entonces que la inmensa mayoría de los combatientes supieron para qué habían viajado hasta Santiago de Cuba.

Se leyó el Manifiesto a la nación, redactado para dar a conocer al pueblo las razones que los impulsaban a luchar contra la tiranía, y el programa de transformaciones con que se iniciaría el proceso revolucionario, en caso de que triunfara la insurrección.

Raúl Gómez García recitó su poema “Ya estamos en combate”. Movidos por un secreto resorte emocional, todos comenzaron a cantar el Himno Nacional, en un susurro, refrenando sus impulsos de expandir el pecho y gritarlo a plena voz.

Al terminar, de nuevo se alzó la voz de Fidel: “Compañeros: podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará realidad más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertad o Muerte! Ya conocen ustedes los objetivos del plan. Sin duda alguna es peligroso y todo el que salga conmigo de aquí esta noche debe hacerlo por su absoluta voluntad. Aún están a tiempo para decidirse. De todos modos, algunos tendrán que quedarse por falta de armas. Los que estén determinados a ir, den un paso al frente. La consigna es no matar sino por última necesidad.” Cuatro estudiantes decidieron no participar en la acción, alegando que no practicaron el tiro y recibieron la orden de regresar a sus puntos de origen, una vez que saliera el último de los autos que partirían en pocas horas. De los 160 comprometidos con la operación, 120 irían al Moncada; el resto, a Bayamo.

A las pocas horas, exactamente a las cinco de la mañana del domingo 26 de julio de 1953, los jóvenes de la Generación del Centenario subieron a los autos y empezaron a partir hacia el decisivo combate por la patria.

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