Lo que Washington y aliados jamás quisieran escuchar

Martes, Marzo 11, 2014

Las verdades elementales caben en el ala de un colibríEn este mundo convulso, en el cual los explotadores de siempre se resisten a ceder ante el empuje inevitable de los marginados de siempre, la hipocresía anda cada vez más de moda entre los poderosos.

Muchos acontecimientos se desencadenan en medio de una pragmática filosofía de los poderosos, que conceden o quitan validez a un principio, a un derecho humano, en dependencia de si los favorece o no su cumplimiento, o si lo ejecuta un seguidor o un opositor de sus intereses.

Como esas verdades elementales que caben en el ala de un colibrí, al decir de José Martí (en su artículo Maestros ambulantes, de 1884), el periodista cubano radicado en Miami, Lázaro Fariñas, acaba de escribir un artículo que consideramos excelente, en torno a sucesos que ahora mismo constituyen la comidilla diaria de los grandes “medios de desinformación” mundial.

Con la grandeza propia de la sencillez, Fariñas dice las cuatro verdades que Washington y sus aliados jamás quisieran escuchar, pero que muchos necesitan saber, aunque en impedirlo se empeñe toda una maquiavélica y permanente campaña mediática.

Alas de colibrí pone a disposición de sus lectores el siguiente artículo, publicado este martes, 11 de marzo, por el diario Juventud Rebelde:

Hipocresía de Occidente

Ante los acontecimientos que han estado ocurriendo tanto en Venezuela como en Ucrania, hay que preguntarse por qué el Gobierno norteamericano actúa con tanto desprecio contra Gobiernos legales y democráticamente elegidos. ¿No es la promoción de elecciones limpias y democráticas lo que diariamente se propone para otros países desde Estados Unidos? Constantemente, aquí se habla de las bondades de la famosa democracia representativa; insistentemente se les exige a otras naciones que la realicen. Entonces, ¿por qué se trata de minar a los Gobiernos elegidos en esas condiciones, cuando estos difieren de los criterios e intereses de Washington?

La Revolución Bolivariana no ha podido realizar más elecciones que las que ha hecho. Tanto Chávez como Nicolás Maduro han ocupado el Palacio de Miraflores por voluntad expresa de la mayoría de los venezolanos. Hasta el ex presidente James Carter ha declarado que el sistema electoral venezolano es más claro, transparente y democrático que el de Estados Unidos. Entonces, ¿por qué este país apoyó el golpe de Estado contra Hugo Chávez en 2002?, ¿por qué ahora defiende a los que quieren crear el caos en las calles venezolanas?, ¿por qué el Congreso de Washington saca resoluciones con las que busca sancionar a los dirigentes venezolanos?

Pero, ¿qué hizo el Gobierno de Estados Unidos cuando los militares hondureños sacaron de su casa, en pijama, al Presidente legítimamente elegido de Honduras, lo montaron en un avión y lo mandaron para Costa Rica? ¿Hay alguien que pueda olvidar aquellos hechos? ¿Dónde estaban estos hipócritas congresistas que hoy se horrorizan cuando la Guardia Nacional venezolana trata de consolidar el orden público limpiando las barricadas de las calles de Caracas y de otras ciudades de ese país latinoamericano?

Cuando en Chile se repartía palos a diestra y siniestra contra estudiantes que salían a las calles a protestar por los altos costos de las matrículas universitarias, no vi que la gran prensa de Estados Unidos se rasgara las vestiduras ante aquellas palizas, ni vi al Congreso de Washington aprobando resoluciones en contra del Gobierno chileno.

Solo hay que recordar cómo en Estados Unidos se trata a los que de una manera u otra intentan cerrar calles o crear disturbios lanzando piedras y bombas incendiarias contra las fuerzas del orden. Los ejemplos sobran a través de los años y está de más detallarlos.

Con la misma lógica hay que referirse a Egipto, donde un Gobierno legítimamente elegido fue derrocado por un golpe de Estado, el que ha sido aceptado por Estados Unidos con solo una mínima crítica. En 2012, Mohamed Mursi se convirtió en el primer presidente de Egipto perteneciente a los Hermanos Musulmanes y había ganado las elecciones que se llevaron a cabo ese año, con el 52 por ciento de los sufragios a su favor.

¿Y qué pasó? Que fue derrocado en julio de 2013 por el Ejército de aquel país, cuerpo armado que es el segundo mayor receptor de ayuda norteamericana en el mundo y que ha mantenido por años una relación muy especial con las autoridades de la Casa Blanca. Sin pruebas no se puede acusar a EE.UU. de que estuviera detrás del golpe, pero sí se puede decir que el Gobierno de este país, al igual que sucedió en Honduras años antes, no ha condenado a los militares egipcios por haber violado la Constitución de la nación africana y haber derrocado a un Gobierno democráticamente elegido. ¿No se trata de defender la democracia, no es eso lo que diariamente aquí se proclama? Parece que algunas veces sí, cuando conviene, y otras veces no, cuando no conviene.

Y ahora le toca también a Ucrania, donde las turbas alentadas por Occidente obligaron a dejar el poder a otro Presidente democráticamente elegido en unas elecciones que los observadores internacionales declararon como limpias y transparentes. Rusia ha salido a defender sus intereses en una península que, por siglos, le perteneció, y en donde más del 60 por ciento de la población es de origen ruso.

Es probable que se le quiera acusar de haber violado la soberanía de Ucrania, pero es un acto de tremenda hipocresía el hecho de que esa acusación provenga del Gobierno de Estados Unidos y de las potencias europeas, después de que se han cansado de violar la soberanía de cuantos países han querido. ¿Qué pasó con la soberanía de Iraq, Vietnam, Afganistán y Libia, por solo mencionar algunos pocos ejemplos?

En realidad, no veo en qué se beneficia EE.UU. buscando una confrontación con Rusia por el caso de Ucrania. A mi modo de ver, tienen más que perder que de ganar. En este mundo globalizado del siglo XXI, cabe muy bien aquello de que donde las dan, las toman, y eso no le conviene a nadie.

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