Diferendo EE.UU.-Cuba: desde la genética imperial

Lunes, Diciembre 30, 2013

Difedendo Estados Unidos-Cuba, desde la genética imperialHay quienes, por falta de información, mala fe o por ambas razones, propagan la idea de que el diferendo Estados Unidos-Cuba surgió en 1959, con el triunfo de la Revolución en la Isla, cuyo Gobierno realizó una reforma agraria y nacionalizaciones que Washington consideró lesivas a sus intereses económicos, no obstante estar apegadas al derecho internacional y ser aceptadas por otros países con compañías en la Ínsula.

En torno a la génesis del diferendo, ese erróneo parecer está plasmado, incluso, en alguna que otra publicación y mensajes enviados a las redes sociales por confundidos o calumniadores, lo cual pudiera contribuir a distorsionar la visión sobre un aspecto clave para entender las posturas en uno y otro lados del estrecho de la Florida.

Reparo en el tema, a propósito de escuchar un debate entre alumnos universitarios, quienes preparaban recientemente un trabajo final de la asignatura Seguridad Nacional, insertado en el programa de estudios de la carrera de Ingeniería Mecánica, en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, conocido popularmente como CUJAE, centro habanero que en 2014 cumplirá medio siglo de existencia.

Fue una oportunidad excelente para “refrescar” conocimientos, con la satisfacción de corroborar que en las universidades cubanas persiste el interés por dejar en claro un asunto primordial que marca el acontecer de la Isla desde antes de constituirse esta y los propios Estados Unidos, como naciones.

Ya en 1767, casi una década antes de la Declaración de Independencia de las Trece Colonias inglesas, los fundadores del vecino del Norte habían clavado su mirada sobre las tierras al sur, incluida Cuba, según consta en una carta de Benjamín Franklin a su hijo William, la cual expresa la gran utilidad de adueñarse del territorio de Louisiana, entonces en poder de España, no solo por la colonización y explotación del valle del río Mississippi, sino también para ser usado en contra de Cuba o México.

Esa filosofía posesiva concebida antes de instaurarse como Unión aquella franja continental de 834,9 mil kilómetros de superficie, resultó posteriormente acogida por John Quincy Adams, quien asumió la presidencia desde 1797 hasta 1801),y su sucesor Thomas Jefferson (1801-1809), que alegaban motivos estratégicos de “seguridad e interés nacional”, en contraposición con la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776, que ensalzaba palabras como igualdad, derechos del hombre, libertad y felicidad.

Para estas figuras clave de la política estadounidense, Cuba y las tierras del Caribe representaban un apéndice natural del territorio continental norteamericano, vital para la prosperidad de la Unión.

En 1787, Alexander Hamilton, primer secretario del Tesoro, exhortó a que su país creara un gran sistema americano, superior al dominio de toda fuerza e influencia trasatlántica. Para lograrlo, recomendaba: “La creación de un imperio continental americano que incorpore a la Unión los demás territorios de América, aún bajo el dominio colonial de potencias europeas, o las coloque, al menos bajo su hegemonía“.

Las 13 colonias abarcaban 834 900 km2, extendidos en más de 10 veces en suelo continental norteamericano o de ultramar.

Las 13 colonias abarcaban 834 900 km2, extendidos en más de 10 veces en suelo continental norteamericano o de ultramar.

Estas declaraciones avivaron todavía más la apetencia anexionista, materializada desde 1803 con la incorporación de vastos territorios, negociados o usurpados, proceso que la historia recuerda como un verdadero genocidio de más de 10 millones de indios y 200 mil mexicanos, a quienes arrebató 945 mil millas cuadradas de sus tierras. Mientras, los ojos del águila imperial acechaban la mayor isla de las Antillas.

Así comienza Estados Unidos a cimentar una cultura hegemónica que considera legítima cualquier acción, hasta la militar, para poseer la conocida “Llave del Golfo”, predestinada a caer en manos imperiales por leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, según proclamaba, en 1823, Adams, autor de la tesis de la “fruta madura”.

Desde entonces, ninguna administración norteamericana ha podido despojarse de esa concepción, devenida uno de los ejes de la proyección externa de Estados Unidos en el hemisferio. Hacia el final del primer cuarto del siglo XIX, ya el destino de Cuba estaba sellado: ser de España, mientras no pudiese pasar a manos yanquis; pero nunca para los cubanos.

Varios mandatarios estadounidenses recurrieron a presiones, ofertas de comprar la Isla a Madrid (James Knonk Polo, en 1848; Franklin Pierce, en 1853; James Buchanan, en 1857) y al empleo de elementos anexionistas, al tiempo que obstaculizaron las acciones independentistas de los cubanos.

Washington encontró, en la explosión del acorazado Maine, el pretexto idóneo para intervenir militarmente, en 1898, en la guerra libertaria que sostenían los mambises contra la metrópolis española, echando por tierra tres décadas de heroica lucha patriótica y logrando lo que tanto trató de impedir el Héroe Nacional José Martí, principal organizador de la última de las tres guerras independentistas cubanas del siglo XIX.

Hasta mayo de 1902, duró aquel primer período interventor de EE.UU., cuyo Gobierno ofrecía a Cuba la posibilidad de establecerse como República, sin presencia militar yanqui, únicamente si aceptaba la Enmienda Platt, apéndice de la recién elaborada Constitución, del cual se derivaron tratados, como el de Reciprocidad Comercial, el Permanente -que determinaba las relaciones entre ambos países- y el de Arrendamiento para estaciones navales y carboneras, los cuales dejaban a los círculos de poder expansionistas las manos libres para, sin cortapisas, garantizar sus intereses particulares en la nación antillana.

El diferendo se agudizó a lo largo de esa etapa neocolonial, durante la cual Washington propició el ascenso al poder de Gobiernos lacayos que por casi 57 años favorecieron las pretensiones hegemónicas imperiales y ejecutaron aquellos mecanismos eficaces de dominación, que abarcaron no solo la esfera política y económica, sino que se extendieron también a los planos jurídico, ideológico y cultural.

Aunque todos los artículos de la Enmienda Platt ilustran el sometimiento impuesto a Cuba, el tercero fue particularmente humillante, al expresar que el Gobierno de esta consentía en que los Estados Unidos pudieran ejercer el derecho de intervenir militarmente para, supuestamente, preservar la independencia cubana y la mantención de un Gobierno adecuado para la protección de la vida y la propiedad.

Las intervenciones militares y las llamadas “mediaciones” yanquis (léase injerencias) matizaron el panorama político de la etapa neocolonial y constituyeron la expresión más descarnada de las claras pretensiones de dominación del poderoso vecino.

La Enmienda Platt, de la cual aún Cuba sufre sus consecuencias, con la ilegítima base naval de EE.UU. en Guantánamo, constituyó la demostración flagrante del estado de vasallaje al que la Ínsula había sido sometida.

Martí y la bandera cubanaEl triunfo de la Revolución Cubana representó un valladar infranqueable en la estrategia de dominación de Estados Unidos. A partir del Primero de Enero de 1959, el diferendo entró en una nueva etapa -que perdura-, al llegar al poder un Gobierno que representa los legítimos sueños de independencia y soberanía del pueblo cubano, frustrados a finales del siglo XIX por el entonces naciente imperialismo norteamericano.

La pretensión de Washington sigue siendo conquistar a Cuba, ahora con el fin de aplastar la Revolución e imponer un régimen de carácter anexionista. Para ello, no ha vacilado en emplear cualquier vía -incluida la imposición del bloqueo económico, comercial y financiero de más de medio siglo-, sin observar principio ético alguno, con total desprecio a la identidad y soberanía nacionales.

Aunque Estados Unidos tiene un territorio 84 veces mayor que el de la Ínsula y una población 23 veces más grande, ven en la vocación independentista cubana una amenaza a los patrones tradicionalmente que han impuesto durante tantos años en el continente.

Es por ello que, en las diferentes doctrinas y estrategias de Seguridad Nacional, Washington trata a la Isla como un país hostil y antidemocrático, violador de los derechos humanos y promotor del terrorismo y el narcotráfico. Con ese fabricado expediente, elabora planes de contingencia que ponen de manifiesto el peligro potencial de una probable agresión militar contra la pequeña nación.

Hoy, esa política tiene su máxima expresión en las leyes Torricelli y Helms-Burton, y el Plan de Bush para Cuba (transición al capitalismo), con la llamada Comisión para asistir a una Cuba libre, lo que ilustra la vigencia del tema.

Los términos independencia y soberanía están indisolublemente ligados al concepto de Seguridad Nacional de Cuba, el cual excluye -a diferencia del de Estados Unidos- la defensa de objetivos hegemónicos, expansionistas o extraterritoriales que sobrepasen sus fronteras naturales o afecten la Seguridad Nacional de otros países.

La historia de Cuba desde la primera epopeya libertaria (1868) es la de la lucha por preservar su identidad e independencia; y la de Estados Unidos, la de su insistente pretensión genética de apropiarse de Cuba, sin reconocer el derecho de la Isla a establecer el sistema económico, político y social que su pueblo considere más conveniente para sí.

Esta es la esencia del diferendo histórico, que terminará el día en que Washington respete el derecho de la Isla a existir como nación independiente y soberana.

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