Donde pusimos el ojo, pusimos la bala

Lunes, Febrero 11, 2013

¡Qué sorpresa la nuestra, al conocer que obtuvo la categoría de Destacado en reciente foro de Historia el trabajo investigativo que presentamos la semana anterior en este blog, bajo el título Al volante, rumbo a la libertad. Tratamos hoy de resumir el resto del material, que ahonda en una arista prácticamente inédita en la historiografía cubana. ¡Qué lo disfruten!

Automóviles que hicieron historia

De La Habana partieron 78 revolucionarios, distribuidos en 14 autos; otros 31 viajaron en ómnibus y 16 en tren. El tren central partió desde La Habana hacia Santiago de Cuba el viernes 24 de julio de 1953. José Luis Tasende era el responsable del contingente que utilizó ese medio.

En su archivo personal inédito, facilitado a los autores de este trabajo, José M. Leiva Mestre, uno de los estudiosos de los sucesos del Moncada, refiere que completaban los 15 autos y 80 asaltantes los dos combatientes que partieron desde Colón, en Matanzas. Con tres combatientes (del grupo de ocho, de la célula de Lawton), cuyo medio no se ha podido determinar, sumaron 130 los revolucionarios que viajaron a Santiago de Cuba. Del total, tres pasajeros de auto desistieron en el trayecto y uno del tren. Por tanto, a Santiago llegaron 126 hombres, de los cuales 124 fueron a Siboney, porque Julio Trigo sufrió una hemotipsis y tuvo que volver a su pueblo, y Emilio Albentosa visitó su familia y no estuvo en el momento de partir a la granjita, donde ya esperaban cinco moncadistas en el acondicionamiento del lugar: Abel, Renato Guitart, Haydée Santamaría, Melba Hernández y Elpidio Sosa. En total se reunieron 129 combatientes en la Granjita Siboney.

El grueso de los combatientes viajó en automóviles, en algunos casos propiedad de los participantes y en otros arrendados a sus dueños o a las diferentes agencias que existían en la capital. Así pudieron conseguirse, pocos días antes de la partida, los 15 carros que debían llegar a la Ciudad Heroica: un Plymouth, cuatro Chevrolet, cuatro Dodge, un Buick, dos Oldsmobile, un Crosley Crosmobile, un Ford y un Pontiac. En la granjita estaban Abel (con un Oldsmobile 88, color claro, de 1950, que no era de su propiedad) y Renato (con su Mercury negro de 1950), aunque -según reciente estudio- Abel partió para el Hospital Saturnino Lora en un Pontiac de 1950.

Todos eran modelos sedan, por poseer cuatro puertas, lo que facilitaría a los combatientes en el momento del ataque descender de ellas con mayor rapidez, según apunta un estudio del Centro Provincial de Patrimonio Cultural Museo Granjita Siboney. Sin embargo los autores de este trabajo pudieron constatar en documentos de Leiva Mestre que uno de los autos tenía dos puertas, el Chevrolet negro que manejaba Mario Muñoz Monroy, y tenía como acompañante a Julio Reyes Cairo, quienes salieron desde Colón, en Matanzas, hacia Santiago de Cuba.

Caravana de autos, rumbo a la libertad

Los choferes funcionaban como jefes para los acompañantes, llevaban el dinero para los gastos en la travesía y eran los únicos que conocían el lugar hacia el que viajaban y la dirección exacta a donde debían dirigirse una vez que llegaran a Santiago.

El primero de los autos en salir de La Habana fue el Pontiac, del 49, adquirido a principios de ese año por Jesús Montané, quien declaró en una ocasión que Fidel había dicho: “Nadie puede pasar de 60 kilómetros por hora”, regla especial para Montané, que no manejaba muy bien.  Luego, de la calle 25 y O, en El Vedado, partió el pequeño auto Crosley Crosmobile, de Florentino Fernández, único hombre que no tendría que cambiarse de ropa para marchar al combate, pues usaba su uniforme de militar y portaba su carné del Ejército. Cerca de Palma Soriano el auto se descompuso y, tras varias gestiones, fueron remolcados por un jeep que los dejó en un garaje de Santiago de Cuba. De los 15 que salieron hacia esa ciudad, este sería el único que no llegaría a la granjita.

Ramón Pez Ferro, quien combatiría en el grupo de Abel, en el hospital Saturnino Lora tenía 19 años y sería el único sobreviviente de los 22 que allí pelearon. Pez Ferro hizo el viaje desde 23 y 18, en El Vedado, en el auto que condujo el estudiante de Arquitectura Héctor de Armas, quien recogió a una parte de los integrantes de la célula revolucionaria de la calle Lucena. Los seis tripulantes de esa máquina sobrevivieron.

Ninguna incidencia se conoce de la travesía del Chevrolet que partió desde el Parque de la Fraternidad, en Centro Habana, tripulado por Juan Manuel Ameijeiras. Ese auto era el mismo en que Juan Manuel trabajaba como chofer de alquiler y por el que le pagaba una renta diaria a su dueño. Igual ocurrió con el del médico Mario Muñoz. Durante el recorrido, hicieron una parada en Placetas, antigua provincia de Las Villas, donde dejaron las pistolas en casa de unos parientes, para no despertar sospechas.

Parte de los miembros de la célula de Calabazar viajaron en un moderno Plymouth negro del 52, cuya llave entregó Fidel a Oscar Quintela, en el apartamento de Abel. Por su parte, Oscar Alcalde, miembro de la dirección del movimiento revolucionario, guiaba su Plymouth crema, en el que viajaban cinco combatientes. De los movilizados en Oriente para el 26 de julio de 1953 y que sobrevivieron a las acciones, 21 inscribieron también sus nombres en la hazaña del yate Granma.

Pedro Marrero conducía sin dificultad un moderno Chevrolet del 53, que le parecía un juguete, comparado con el pesado camión de transportar cerveza que por años había manejado. Era uno de los cinco carros adquiridos por Tizol en arrendamiento, en los últimos cinco días previos a la acción armada. Con él viajaban Generoso Llanes y Orlando Galán, además de los artemiseños Félix Córdoba Alonso y Alfredo Hernández Álvarez, quienes aprovecharon una parada en Catalina de Güines para tomar café y subieron a un ómnibus de regreso a La Habana. Con el de Nueva Paz -que desistió en el tren- y el de Calabazar -en el auto de Quintela-, fueron los únicos cuatro en partir de La Habana que no arribaron a Oriente.

Tizol entró en Catalina de Güines en el momento del incidente y llegó con Marrero hasta el ómnibus para persuadir a los jóvenes, pero uno de ellos se había sentado junto a un militar y tuvieron que desistir. Tizol conducía a baja velocidad el penúltimo carro en salir de La Habana -como había pedido Fidel- para poder detectar cualquier problema que ocurriera a los demás carros durante el recorrido. Por eso fue testigo de varios de los contratiempos de sus compañeros de armas durante el trayecto de casi mil kilómetros.

Otras de las máquinas que tuvo dificultad en la ruta Habana-Santiago fue la de Gildo Fleitas, una de las primeras en salir de la capital, con Gerardo Sosa y Armelio Ferrás. Gildo cambió un cheque por 50 pesos para gastos del viaje y fue a buscar en San Lázaro e Infanta a los tres miembros de la célula de la calle San Rafael que participarían en la acción: Reinaldo Benítez, su jefe, Israel Tápanes y Carlos González Seijas, empleados del comercio. Completo el personal, pasó por la oficina de Eugenio Sosa, propietario de un central azucarero en Oriente y de fincas arroceras en Matanzas y Pinar del Río, de una de las cuales Guido era administrador. En la oficina, recogió los materiales para la programación de radio, que movilizaría al pueblo, una vez en posesión del Moncada.

El ambiente era festivo en el Dodge del 52, con las constantes bromas de Gildo. La vigilancia se extremaba en la carretera por la presencia de Batista en Varadero y un acto de su Partido de Acción Progresista (PAP) en Oriente, pero Gildo había conseguido banderitas del 4 de Septiembre que los pasajeros agitaban con las manos fuera de las ventanillas al arribar a las barreras militares de control, mientras él gritaba que eran de la juventud paupista. En la medianoche, pararon el auto y se tiraron a descansar en la hierba. Al mediodía del sábado 25 de julio, almorzaron en Camagüey y, mientras extendía su servilleta, Gildo comentó: “Muchachos, hay que comer sabroso, porque a lo mejor esta es la última comida”.

A unos 10 kilómetros de Holguín, el auto se descompuso y Gildo tuvo que recurrir a un mecánico que vivía cerca y cobraba por el arreglo, pero ya no tenía dinero. En ese instante, el Oldsmobile de Tizol detuvo su marcha y pudo entregarle dinero para pagar el arreglo, luego siguió atento y a poca velocidad el tramo de Holguín a Bayamo.

Los automóviles llegan a Santiago de Cuba

Cuando Fidel entra en Santiago de Cuba y baja con sus compañero de viaje a tomar café en la Plaza de Marte, las congas, charangas y el bullicio de bebedores y bailadores  muestran que están en pleno apogeo una de las más pintorescas fiestas populares cubanas: el carnaval santiaguero. Tras la breve escala, Fidel marcha a la granjita, donde se encuentra con Abel, quien le informa sobre los últimos preparativos.

Como estaba previsto, los tripulantes de los carros guiados por Tizol y Marrero llegaron directamente a la granjita.

A la ciudad de Santiago de Cuba arribaron los pasajeros de los vehículos de Oscar Alcalde, Fernando Chenard Piña y Quintela, por ese orden, que se alojaron en la vivienda Celda 8; mientras que el grupo integrado por Florentino, Pedro Trigo, Julio Fernández y Juan Villegas fueron los últimos en llegar a la casona de una planta, porque lo hicieron a pie, después que dejaron el carro roto en un garaje que hallaron abierto.

Los combatientes que iban en los carros de Mario Darmau, Ángel Díaz y Héctor de Armas fueron a la casa de huéspedes La Mejor. En el hotel Rex se hospedaron Boris Luis Santa Coloma y Montané, con sus respectivos pasajeros, además de los artemiseños José Ponce, Roberto Galán, Rosendo Menéndez y Ramón Callao, estos dos últimos llegaron en ómnibus. El resto de los viajeros, bajo el cuidado de Pedro Miret y Léster Rodríguez, fueron a la casa de la calle I No. 204, detrás del estadio Maceo, y los que lo hicieron por tren fueron al hotel Perla de Cuba, frente a la Terminal de Ferrocarriles.

Para la granjita se fueron trasladando todos los grupos desde los distintos lugares de alojamiento. Guiados por Renato en su auto y en los de Alcalde, Quintela y Chenard, los de Celda 8 fueron los primeros en salir. Alcalde, con su carro, se unió a Renato y Abel. De esta forma, comenzaron a ser recogidos desde las 10 de la noche, cuando el carnaval ganaba en bullicio, para ser concentrados en la granjita.

Faltaban por llegar Mario Muñoz -quien esperaba en el entronque de la Carretera Central, en la entrada para el Cobre- y Gildo -que ya Tizol había advertido sobre la rotura del carro, antes de llegar a Holguín. Fidel, Chenard y Marrero expresaron su inquietud porque no sabían si podría llegar a tiempo. En ese auto iban los discos para llamar al pueblo por radio en una programación especial. Fidel dio la orden de preparar todo el armamento y partió con Abel en el auto de este para la Plaza de Marte, con el fin de coordinar la trasmisión radial. Allí, bailando en una conga en la calle, se encontraron con Gildo, se les unió otro grupo de combatientes que también habían salido para restablecer el contacto y llegó Muñoz, quien -efusivo- abrazó al líder.

“Fidel, ¿ha llegado la hora cero?”, le pregunta el miembro del comando de dirección del movimiento, que disciplinadamente viajó 600 kilómetros sin saber exactamente de lo que se trataba y que esperó durante horas en un entronque hasta ser contactado. “Sí, doctor, es la hora cero”, respondió Fidel. “Te felicito”, exclamó Muñoz, más entusiasmado. “¡Qué fecha has escogido! ¡Hoy cumplo 41 años!” Y lo abrazó de nuevo, por última vez.

El grupo se acomodó en tres carros y regresó a la granjita. Allí, durante la madrugada, se repartieron las armas y uniformes y Fidel explicó en detalles cómo se desarrollaría el plan. Para el ataque al “Moncada”, el contingente se subdividiría en tres grupos. Fidel había decidido tomar el mando directo del más importante y de mayor riesgo, el que penetraría en el campamento fortificado. Léster, a la cabeza de una escuadra, se posesionaría del Palacio de Justicia. Abel, con 20 hombres, más el médico Mario Muñoz y Haydée y Melba, debían ocupar el hospital Saturnino Lora. Desde lo alto del Palacio de Justicia se dominaban las azoteas del “Moncada”, y desde el “Saturnino Lora”, la parte posterior del cuartel. Fue entonces que la inmensa mayoría de los combatientes supieron para qué habían viajado hasta Santiago de Cuba.

Se leyó el Manifiesto a la nación, redactado para dar a conocer al pueblo las razones que los impulsaban a luchar contra la tiranía, y el programa de transformaciones con que se iniciaría el proceso revolucionario, en caso de que triunfara la insurrección.

Raúl Gómez García recitó su poema “Ya estamos en combate”. Movidos por un secreto resorte emocional, todos comenzaron a cantar el Himno Nacional, en un susurro, refrenando sus impulsos de expandir el pecho y gritarlo a plena voz.

Al terminar, de nuevo se alzó la voz de Fidel: “Compañeros: podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos; pero de todas maneras, ¡óiganlo bien, compañeros!, de todas maneras el movimiento triunfará. Si vencemos mañana, se hará realidad más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomar la bandera y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol! Como en el 68 y en el 95, aquí en Oriente damos el primer grito de ¡Libertad o Muerte! Ya conocen ustedes los objetivos del plan. Sin duda alguna es peligroso y todo el que salga conmigo de aquí esta noche debe hacerlo por su absoluta voluntad. Aún están a tiempo para decidirse. De todos modos, algunos tendrán que quedarse por falta de armas. Los que estén determinados a ir, den un paso al frente. La consigna es no matar sino por última necesidad.”  Cuatro estudiantes decidieron no participar en la acción, alegando que no practicaron el tiro y recibieron la orden de regresar a sus puntos de origen, una vez que saliera el último de los autos que partirían en pocas horas. De los 160 comprometidos con la operación, 120 irían al Moncada; el resto, a Bayamo.

A las pocas horas, los jóvenes de la Generación del Centenario subieron a los autos y empezaron a partir. Eran las cinco de la mañana del domingo 26 de julio de 1953.

Rumbo al Moncada

Aquella madrugada, el primer carro que salió de la granjita fue el de Abel Santamaría, seguido por el de Juan Manuel Ameijeiras. Con el de Mario Muñoz se completaban los que transportarían el personal que ocuparía el hospital Saturnino Lora.

A este le seguía un Chevrolet negro tripulado por Mario Darmau, quien perdió el rumbo cuando bajaba por la avenida Garzón; en vez de doblar por la Carretera Central para detenerse ante el Palacio de Justicia, continuó hasta la Plaza de Marte, la cual tuvo que circunvalar para regresar a su objetivo.

Un cuarto auto lo guiaba Pedro Marrero, que conducía la escuadra de vanguardia encargada de forzar la Posta 3; tras él, debían entrar en el cuartel los otros autos. Fidel ocupaba el quinto lugar del convoy, seguido por la máquina de Boris Luis.

Seguían al de Boris Luis -sin que se pueda precisar el orden- los autos manejados por Oscar Alcalde, Fernando Chenard, Gildo Fleitas, Héctor de Armas, Oscar Quintela, Ciro Redondo y Ernesto Tizol. El último en salir fue el de Mario Muñoz, donde iban Haydée y Melba.

A poca distancia de la granjita, una goma del vehículo de Boris se ponchó y tuvieron que arrimarse a la cuneta y bajar; ya que no tenían repuesto. Boris hizo señas al carro de atrás, el de Alcalde. Orbeín Hernández y Manuel Suardíaz quedaron en la hierba junto a la cuneta. Boris Luis, Vicente Chávez, Ulises Sarmiento y Gerardo Sosa montaron en el de Alcalde. El incidente reducía en cinco hombres al contingente, y en otro vehículo el transporte.

El trayecto, pavimentado a medias, ofrecía dificultades para que los carros avanzaran a la velocidad requerida. A la altura del estrecho puente sobre el río San Juan, la caravana tuvo que detenerse para dar paso un jeep que afortunadamente no era del Ejército, como se había pensado, a juzgar por las escopetas que de él emergían. Eran unos hombres que, al parecer, iban de caza.

En el auto manejado por Oscar Quintela viajaban los ocho hombres que restaban de la célula de Calabazar. Sin atender la orden de Fidel -que señalaba debía ser el último en salir-, Ángel Díaz y quienes lo acompañaban montaron en su auto tan pronto se dejó de ejercer vigilancia sobre ellos. Lo echaron a andar y se intercalaron en la caravana. Desde luego, en vez de ir para el cuartel Moncada, se dirigieron a la Carretera Central, rumbo a La Habana, hecho que confundió al auto que lo seguía, de la célula de Calabazar. Los ocupantes de este último testimonian que solo se percataron del cambio de rumbo cuando iban por la loma de Quintero, en las afueras de Santiago de Cuba. Aunque regresaron a la ciudad, ya no llegaron con los demás al combate. El contingente se redujo entonces a 105 asaltantes y 14 autos. Tres carros, con 24 personas en total, para el hospital Saturnino Lora; otro, con seis hombres, para el Palacio de Justicia, y 10 carros, con 75 hombres, directo al Moncada.

Los grupos dirigidos por Abel y Raúl Castro cumplieron su objetivo: la toma del Hospital Civil y la Audiencia, respectivamente. El grupo principal, dirigido por Fidel -llegó según lo previsto- hasta una de las postas, la No. 3, la desarmó y traspuso la garita. El camino estaba libre, pero un cabo del Ejército, desde la Posta 1, acciona el mecanismo de alarma y provoca un tiroteo prematuro, que alertó a la tropa y permitió se movilizara rápidamente el campamento.

Los soldados de una patrulla hicieron frente al auto de Fidel y apuntaron sobre él sus subametralladoras. Fidel aceleró y giró bruscamente el timón para lanzar contra ellos el automóvil. Gustavo Arcos, empuñando el revólver, gritó ¡Alto!, al tiempo que el Buick, del que apenas había salido Arcos, dio un repentino salto hacia delante y la puerta se cerró contra él, que cayó y rodó por el suelo. El Buick estaba muy cerca de la acera y sus gomas no pudieron subir el contén, lo cual frenó el carro. Automáticamente, del tercer auto sonaron varios disparos.

Los autores de este trabajo investigativo consideran que la inmovilización del auto de Fidel tuvo una consecuencia más desastrosa aún para la acción, ya que los choferes que lo seguían habían recibido la orden de detenerse cuando él lo hiciera, y entonces los combatientes debían salir y asaltar las instalaciones que encontrarían a su izquierda. De haber podido seguir el auto de Fidel hasta dentro del campamento, se hubiera ocupado el Estado Mayor y el resto del grupo habría inmovilizado en sus dormitorios a la guarnición, llevándola hacia el patio trasero. Al frenar el auto del líder, los demás revolucionarios invadieron las edificaciones a su izquierda, principalmente el hospital militar. Aunque Fidel trató desesperadamente de reagrupar a los combatientes, hacerles ver que no estaban dentro del campamento y lanzarlos de nuevo hacia delante, ya la confusión estaba sembrada. Todavía era oscuro. Algunos no veían a Fidel y otros no entendían lo que quería decir, en medio del fragor del combate.

Fidel se montó en el Buick para guiarlos, pero no logró arrancarlo. En ese momento, un carro que retrocedía de la Posta 3 chocó violentamente con la delantera del Buick. Salió del auto, bajo un fuerte tiroteo. El paso por la Posta 3 era imposible.

Los revolucionarios no pudieron penetrar en el cuartel, y el ataque por sorpresa se tornó en un combate de posiciones, en el que la inferioridad de armamento y número no dejaban ninguna posibilidad a los valerosos asaltantes.

Cerca de 400 hombres, un armamento potente, excelentes posiciones de tiro, la guarnición ya despierta, hacían sentir su peso, a pesar del desconcierto de los soldados que venían al cuartel y veían tirar a unos soldados contra otros.

Fidel da la orden de retirada y envía a Chenard Piña a trasmitirla a los grupos de Abel y del Palacio de Justicia, pero fue apresado y asesinado, antes de poder cumplirla.

No lejos de la posta de entrada, Fidel se enfrenta con su escopeta calibre 12 a una ametralladora pesada calibre 50, emplazada en el techo de uno de los edificios del cuartel, mientras sus hombres toman los autos y se retiran.

Medios de prensa han relatado tan dramático momento, pero -a juicio de los autores- la anécdota que mejor ilustra ese pasaje es la del propio Comandante en Jefe referida en el libro Cien horas con Fidel: “Ya no se ve a nadie, ni un solo combatiente a pie. Me monto en el último carro, y después de estar dentro, a la derecha del asiento trasero, aparece un hombre de los nuestros, que ha llegado hasta el carro repleto y que se va a quedar a pie. Me bajo y le doy mi puesto. Le ordeno al carro que se retire. Y me quedé allí, en medio de la calle, solo, solo, solo. Ocurren cosas inverosímiles en tales circunstancias. A mí me rescata en ese momento un auto de los nuestros. No sé cómo ni por qué, un carro viene en dirección a mí, llega hasta donde estoy, y me recoge”.

Fidel caminó solo por la avenida Moncada a la calle Garzón, de espaldas y disparando hacia el cuartel. Cuando rebasó el hospital militar, inesperadamente otro auto llegó hasta él, en marcha atrás, conducido por el artemiseño Ricardo Santana, y le ordena al chofer ir por la carretera del Caney para tomar el pequeño cuartel de allí y ocupar armas y municiones, pero el conductor no conocía bien el lugar y lo hace por la que va a Siboney. Al pasar el puente de madera, Fidel comprende el error, pero ve delante el auto que Boris Luis había abandonado para montar en el de Alcalde y seguir cuando se le ponchó una goma. De entre la hierba salen algunos compañeros que se quedaron sin poder ir al combate. Van para la granjita Siboney para reorganizarse después del ataque. Varios carros habían regresado y allí Fidel se encuentra de todo: los que quieren seguir y otros que se están quitando la ropa. Los que iban guardando las armas, gente herida, que no podía caminar…Un cuadro triste, luego del fracaso del plan concebido durante largos meses de minuciosa preparación, eludiendo la inteligencia enemiga y las posibles delaciones.

Si resultó exitosa la fase organizativa y la preparación de hombres y automóviles, ¿qué falló en el intento de un puñado de jóvenes dispuestos a rendir y neutralizar a una guarnición de casi mil 500 efectivos, sorprendidos al amanecer, luego de la bulliciosa noche del carnaval santiaguero?

Los autores del presente trabajo le adjudican al azar un papel importante en el fracaso militar de la operación, por la aparición -en las afueras de la Posta tres, principal de acceso al cuartel- de una patrulla inusual, que aparentemente amenazaba con hacer fuego a los combatientes de la vanguardia, y la iniciativa del jefe de los moncadistas de proteger a sus compañeros y apoderarse de dos ametralladoras que llevaban. Además, del fallo del factor sorpresa, el ataque constituyó una acción inédita de aquel grupo de revolucionarios, sin práctica en acciones de tal envergadura.

También se puede inferir que otro elemento de peso que malogró un plan perfecto fue el incidente del automóvil del máximo jefe de la insurrección, antes de penetrar en el cuartel, como estaba previsto. Esa eventualidad generó confusión e impidió la toma del Moncada.

Reiteradas veces, Fidel ha elogiado el audaz proyecto concebido hace 60 años: “Si fuera de nuevo a organizar un plan de cómo tomar el Moncada, lo haría exactamente igual, no modifico nada. Lo que falló allí fue debido únicamente a no poseer suficiente experiencia. Después la fuimos adquiriendo”.

Al retornar a la granjita Siboney, tras la derrota militar, el líder puso en práctica la variante de continuar la lucha en las montañas, para donde partió en la mañana del 26 de julio de 1953 con un grupo de los sobrevivientes del ataque, pero es detenido por el Segundo Teniente Pedro Miguel Sarría Tartabul, quien no permitió que asesinaran a Fidel y sus compañeros Oscar Alcalde y José Suárez, en el lomerío de la Gran Piedra, seis días después del ataque, agotados físicamente y vencidos por la falta de sueño. En gesto honorable, el oficial del Ejército dijo a sus soldados “¡Las ideas no se matan!”.

Ejemplo y esperanza

La represión desatada contra los asaltantes fue de lo más salvaje que uno puede imaginar. Para probar esta afirmación, sobran los ejemplos. Apresados tras el asalto, a Abel le sacaron los ojos y a Boris Luis le arrancaron los testículos, antes de asesinarlos.

Una veintena de combatientes, entre los que ellos se encontraban, fueron sacados con vida del hospital Saturnino Lora y trasladados por los soldados de la tiranía al asaltado cuartel.

Allí, por orden de Batista -quien mandó a matar a 10 prisioneros por cada soldado muerto-, fueron salvajemente torturados y asesinados.

En ese mismo hospital cumplieron su misión Haydée y Melba, quienes resultaron igualmente detenidas y llevadas al Moncada. Estas dos mujeres fueron testigos de excepción de la masacre allí cometida. Si no las ultimaron a ellas también fue porque un fotógrafo, que acompañaba a la periodista Marta Rojas, simuló hacerles una fotografía -no tenía película en la cámara- y, regándose la noticia de que en el cuartel había dos mujeres detenidas, los soldados ya no podían presentarlas como muertas en combate, como hicieron con José Luis Tasende, herido en una pierna en el Hospital Militar y cuyo cadáver apareció después. Esa foto publicada en páginas de la prensa de la época es la evidencia innegable del genocidio cometido por los soldados batistianos tras el combate.

A otros compañeros los asesinaron en el hospital, inyectándole en las venas aire y alcanfor. Pedro Miret sobrevivió y, en el transcurso del juicio, denunció el hecho.

Después, los restos de algunos combatientes fueron dispersos por diferentes lugares del cuartel. A otros los arrojaron en las proximidades de El Caney, Siboney, Songo y La Maya, para simular su muerte en combate.

Los participantes en el asalto al cuartel de Bayamo no tuvieron mejor suerte. Basta citar un solo ejemplo para mostrar la masacre allí cometida: Tras ser detenidos, Hugo Camejo y Pedro Véliz fueron ahorcados, atados con una cuerda al cuello y arrastrados por un vehículo en el Callejón de Sofía, cerca del cementerio de Veguitas. Al igual que a sus compañeros, a Andrés García Díaz le aplicaron el mismo método asesino. Dado por muerto, este -sin embargo- sobrevivió y pudo denunciar el hecho.

Nadie duda de los horrendos crímenes cometidos ordenados por Batista. Existe, además, una prueba irrefutable que los certifica: De las 70 personas que murieron el 26 de julio de 1953 y en días posteriores a manos de la tiranía, sólo ocho cayeron en combate; el resto de los cadáveres, sin excepción, presentaban signos de mutilaciones y salvajes torturas.

Quedaba atrás el Moncada como acción de armas, pero el grito de Libertad o Muerte abrió una gloriosa página que continuó con el desembarco del yate Granma, el levantamiento armado del 30 de noviembre y la lucha clandestina y en la Sierra Maestra.

Luego de la heroica gesta, se perfiló aún más la certera guía y dirección revolucionaria, y en especial la figura de Fidel. El 26 de julio de 1953 se encendió la antorcha revolucionaria, la sangre derramada antes y después en las calles de las ciudades, campos de batalla y en las mazmorras represivas, no fue sacrificio en vano, sino lección histórica y obra revolucionaria multiplicada. Los imponentes muros que escondieron el terror y el crimen en aquella época, protegen hoy sueños y esperanzas en la Ciudad Escolar 26 de Julio, primer cuartel convertido en escuela, tras el triunfo de la Revolución.

 

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