Al volante, rumbo a la libertad

Jueves, Febrero 7, 2013

La decisiva participación de los automóviles en la preparación y desarrollo del asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953, es la interesante arista recién analizada por tres estudiantes de Ingeniería Mecánica, del Instituto Superior Politécnico José Antonio Echeverría, de La Habana.

Los autores se nombran Fabián Guerrero, Danilé Fusté y Adiannis de la Caridad Vega, alumnos del primer año de esa carrera, quienes presentarán en breve la investigación en un foro de la casa de altos estudios.

Nuestro blog, Alasdecolibrí, tuvo acceso al trabajo original de estos autores, por lo que insertaremos hoy algunos fragmentos de este trabajo, que resultará de interés para los amantes de la historia en general, y del automovilismo en particular.

Entre los antecedentes, los autores recuerdan que durante las primera mitad del siglo XX entraron a Cuba diversas marcas de autos: Renault, Mercedes, White, Locomobile, Cadillac y Ford modelo T, este último muy popular por ser un carro duradero, ligero y resistente a los toscos caminos rurales, el cual poseía cuatro cilindros, transmisión semiautomática (pedales de marcha adelante y atrás que facilitaban rápidos cambios), suspensión flexible y magneto eléctrico, en vez de las pesadas pilas secas. El pueblo cubano lo bautizó como “Fotingo”, término aún en uso proveniente de la frase inglesa “Footing and go” que aparecía en los anuncios publicitarios de la marca del auto para indicar el cambio de velocidades a “tres patadas” en el embrague.

Otras fábricas también acapararon el floreciente mercado automovilístico cubano: Chevrolet, Pontiac, Plymouth, Dodge, Oldsmobile y Buick, que hicieron época en Cuba, sobre todo, en la segunda mitad de la República neocolonial y perduraron en la memoria popular por su vínculo con importantes acontecimientos de la sociedad cubana durante los primeros años de 1950, una década a la cual arriba el país sin haber resuelto su problema fundamental: la independencia nacional y con un panorama político, económico y social preocupante, signado por el hambre, la miseria, el desempleo y la corrupción.

El panorama social era aterrador: 200 mil familias campesinas sin un pedazo de tierra para sembrar, más de la mitad de las mejores tierras productivas estaban en manos extranjeras (fundamentalmente estadounidenses), 400 mil familias hacinadas en barracones, cuarterías y solares, sin las más elementales condiciones de higiene y salud; casi 300 mil personas sin luz eléctrica, más de un millón de analfabetos, 600 mil niños sin escuelas, 10 mil maestros sin trabajo, una mortalidad infantil superior a 60 niños fallecidos por cada mil nacidos vivos, una esperanza de vida inferior a 55 años de edad, un solo médico por cada mil habitantes y ninguno en el campo, acceso a los hospitales del Estado para los pobres previa recomendación de algún magnate o político, a cambio de los votos electorales del enfermo y su familia. Con cinco millones y medio de habitantes, Cuba tenía en 1950 más desocupados que Francia e Italia, cuya población superaba los 40 millones cada una.

Año tras año la situación se agravaba, desde la toma del poder de Estrada Palma, el primero de los gobernantes de la República neocolonial más interesados en satisfacer la demanda del capital norteamericano que en proteger el patrimonio nacional. En medio de una fuerte propaganda anticomunista, el descrédito de los partidos políticos burgueses, la agudización del debate sobre los problemas del país, el reconocimiento de la necesidad de cambios y la gran potencialidad revolucionaria de los seguidores de Eduardo Chibás, se produce el 10 de marzo de 1952 un hecho artero que truncó las esperanzas de que el Partido Ortodoxo ganara las elecciones de ese año: el Golpe de Estado del sargento Fulgencio Batista, quien inauguró una era de represión sangrienta, derogó la Constitución de 1940 y profundizó la crisis política, sin que hubiera una inmediata resistencia organizada, a pesar de existir un fuerte sentimiento antibatistiano entre los cubanos.

El Moncada: la grandeza de una generación

Parecía como si la sociedad estuviera inmóvil, resignada a su suerte. Fue entonces cuando los jóvenes Fidel Castro y Abel Santamaría alzaron sus voces, en medio de aquel letargo. Fidel, con su oportuno manifiesto ¡Revolución no, Zarpazo!, que decía: “Cubanos: hay tirano otra vez, pero habrá otra vez Mellas, Trejos y Guiteras”. Abel, con una carta pública incitando a la acción: “Basta ya de pronunciamientos estériles, sin objetivo determinado. Una revolución no se hace en un día, pero se comienza en un segundo”.

Fidel no esperó más e ideó una acción, cuyo plan concebía reclutar jóvenes de las clases y sectores humildes de la población: estudiantes, obreros, campesinos, empleados y profesionales modestos (membresía de 1200); prepararlos militarmente; obtener armas y medios de transporte, sin recurrir a personas acaudaladas ni políticos corrompidos, sino con el sacrificio personal de los combatientes; tomar un cuartel; llamar a la huelga general y elevar la lucha a plano nacional. De fallar esas acciones iniciales, desarrollar una guerra irregular en las montañas, similar a la que desplegaron los mambises; por eso el objetivo militar debía estar en Oriente, asiento del mayor sistema montañoso de Cuba: la Sierra Maestra. Esos elementos también habían sido considerados por Antonio Guiteras en sus planes insurreccionales de la década de 1930. Fidel resumía su objetivo con la frase: “Hace falta echar a andar un motor pequeño que ayude a arrancar el motor grande”.

Ante tanto desaliento, frustración y pesimismo muchos dudaron de la capacidad de entrega y sacrificio de aquellos jóvenes, quienes a pesar de la carencia de recursos y su desconocimiento militar realizaron una de las acciones más audaces que atesora la historia de Cuba: el Asalto al cuartel Moncada. El motor pequeño del que hablaba Fidel.

El Moncada era la sede del Regimiento de Guardia Rural No.1 Antonio Maceo, en Santiago de Cuba,  segunda plaza militar del país. Su lejanía de La Habana dificultaba el envío de ayuda al Ejército. Ubicada en la costa sur, con escasas vías de acceso, el lugar se convirtió en el sitio ideal para la acción. A ello se unió un elemento histórico: Oriente fue la cuna de las tres guerras independentistas del siglo XIX y de varias insurrecciones populares del período republicano, sus montañas eran conocidas por la resistencia armada de los campesinos frente a los latifundistas y su pueblo se caracterizó siempre por un espíritu de rebeldía, debido a lo cual ese territorio era llamado el Oriente indómito.

El audaz plan incluía un ataque simultáneo al cuartel Carlos Manuel de Céspedes, sede del Escuadrón 13 de Guardia Rural, de Bayamo,  importante nudo de comunicaciones terrestres, y de tener éxito, tomarían las estaciones de la Policía Nacional, la Policía Marítima y la Marina de Guerra, y una radioemisora, a fin de darle a conocer al pueblo los objetivos y llamarlo a incorporarse a la lucha. También volarían los puentes sobre el río Cauto, para dificultar la llegada de refuerzos por tierra para las tropas de Santiago. Todo se planificó en absoluto secreto. Solo dos compañeros de la dirección del movimiento y su responsable en Santiago de Cuba conocían las intenciones de Fidel. Los demás únicamente sabían que irían a un combate decisivo, ni siquiera que la insurrección sería el domingo 26 de julio de ese año de 1953, en ocasión de los carnavales en Santiago.

Para asegurar la acción, Fidel y Ernesto Tizol buscaron un lugar que sirviera como cuartel general para armas, municiones y combatientes. En el kilómetro 13 de la carretera de Siboney, a dos kilómetros de las primeras estribaciones de la Sierra Maestra, divisaron una casita blanca, de mampostería, con una cerca de madera pintada de blanco y la punta de las estacas en rojo. Era Villa Blanca, la finca de recreo del comerciante José Vázquez Rojas, Pepe, como lo llamaban los clientes de su garaje en la avenida Garzón.

Tizol presentó a Abel como el supuesto dueño de una granja de pollos que pensaban establecer allí. Una vez alquilado el lugar, comenzaron a llegar por ferrocarril las cajas con alimento para aves, huevos, pollos e implementos agrícolas, según indicaban los rótulos, para desviar la atención del lote de armas y municiones. Abel ordenó adaptar un pozo seco situado junto a la casa -como depósito secreto del armamento- y construir naves avícolas, con el frente cerrado hacia la carretera, y sembrar plantas para ocultar los 17 autos previstos para el combate, medios imprescindibles en los preparativos, el traslado de los revolucionarios de La Habana a Santiago, de esa ciudad oriental a la granjita Siboney, de allí a los distintos objetivos y en los momentos posteriores al asalto.

En el traslado de los combatientes a Santiago de Cuba se usaron tres medios de transporte: ómnibus, ferrocarril y automóvil -este último decisivo en el ataque-, con el fin de mantener en secreto esa operación de trasiego y no ser detectados por los órganos de la seguridad de la dictadura. Unos salieron el día 24, otros lo hicieron el 25. Todos debían estar el 26 de julio en el lugar de concentración, donde Fidel explicaría a los jóvenes en qué consistía la acción: cuáles eran los objetivos, cuándo y cómo se efectuaría.  (Continuará)

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